El sol ardiente del mediodía era testigo de nuestra travesía prohibida por el monte. Mi tía y yo, llenos de morbo y deseo oculto, decidimos alejarnos de las miradas curiosas y adentrarnos entre las ramas, buscando un rincón para que ella se agachara a chuparme la verga. A lo lejos, se oían las risas de los bañistas en el río y el sonido ensordecedor de la cascada, sin sospechar que estábamos a pocos metros de ellos, entregados al placer desenfrenado.
Ella, con una lujuria insaciable en sus ojos, se arrodilló y sin mediar palabra, se abalanzó sobre mi entrepierna, ávida por saborear cada centímetro de mi pene enorme palpitante. Mi verga, dura como roca, desapareció entre sus labios carnudos, mientras su lengua traviesa jugaba con mi miembro hinchado de deseo. La zorra de mi tía, con su piercing en la lengua, me demostraba su pericia en el arte de la mamada, llevándome al límite con su garganta profunda, engullendo mi verga hasta la garganta sin piedad.
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